HISTORIA DE HAROLD & THE BARRELS O "CÓMO CURAR LA DEMENCIA" por Harold.
Conocí a estos individuos a través de un anuncio que publiqué en el tablón de la Asociación Española de PredementesSeniles.
Corrían los primeros días del año 2006 y, por esas fechas, la edad provectahabía hecho mella en mi estado mental, que era poco menos que lamentable. Lo había intentado todo, incluso la maquinitaesa que anuncia Amparo Soler Leal. Imposible. Sin ningún éxito. Nada producía resultados y en los escasos momentos en que el curso de la demencia, fruto de mi galopante senectud, me permitía recordar qué era la desesperación, me encontraba sumido en ella, angustiado por la ausencia de soluciones, preso de una falta de enfoque solo comparable a mi proverbial y antigua miopía.
Un buen día, en mi habitual reunión de los jueves con los compañeros de Bebedores Sin Fronteras, alguien de buena voluntad me comentó que un equipo de neurólogos y psiquiatras de la Universidad de Gabrieltown estaba consiguiendo excelentes resultados con una serie de pacientes voluntarios. Al parecer, la terapia consistía en recrear la música de la prehistoria, resucitando a algunos dinosaurios que componían con complejos esquemas, muy beneficiosos para la salud intelectual.
Además, los insignes doctores afirmaban que, pese a estar en fase de experimentación, el estudio ya había tenido alguna consecuencia positiva, ya que habían demostrado que elevaba espíritu a extremos insospechados.
Por lo visto, decían que hubo un tiempo en que
la música era arte, nada que ver con vomitivos productos de consumo. Se comentaba que había gente con sentido de la emoción, de la armonía, del ritmo…Increíble. Tendréis que reconocer que la perspectiva era atractiva. No solo prometían la recuperación de la memoria y de las habilidades instrumentales. Además hacía feliz. Y era gratis…
Hasta ahí todo eran puras especulaciones, pero ¿qué podía perder por probarlo? Cuando uno está desahuciado cualquier cosa puede ser una tabla de salvación.
Y así fue como, pese a mi contrastada incapacidad como teclista y guitarrista, me puse manos a la obra en los cada vez más escasos momentos de lucidez de que disfrutaba y comencé a bucear en la historia hasta su misma génesis, intentando encontrar un remedio a mis males en contra de toda esperanza.
Antes de continuar debo decir que el tiempo les dio la razón. Los resultados superan los mejores augurios. En solo un año de tratamiento mi edad mental ha disminuido sensiblemente. Según mi mujer, siempre tan animosa, hasta 3º de básica exactamente.
Pero no adelantemos acontecimientos. Nuestro Banks aún estaba solo y lo primero que necesitaba ahora era una serie de compañeros con quienes llevar a cabo el ensayo. De ahí el anuncio con que comenzaba esta historia.

El primero en contestar fue Marcelo. En cuanto recibí su respuesta comprendí de inmediato que su estado de salud era todavía peor que el mío. En una larga carta llena de incoherencias, me hostigaba con preguntas sobre la capacidad del grupo (¿qué grupo?) para hacer métricas dispares, compases de amalgama, repentización lectora y un interminable etcétera.
Educado en un ambiente compasivo, decidí ser piadoso y dar una oportunidad a este delirante sujeto, cautivo de sus trastornos. Y, de paso, darle un par de leccioncitas.
Pese a sus disturbios mentales, rascaba algo (no mucho) el bajo, instrumento perfectamente acorde con su estatura.
De inmediato atacamos juntos el tratamiento con entusiasmo e ilusión renovadas. Ya había teclados y bajo.
Simultáneamente a Marcelo llegó Jorge. Gran batería, buen chico y genesiano irredento a quien su juventud todavía no le había hecho transitar por los procelosos caminos del Alzheimer.
¿Que por qué no se quedó? Por la sencilla razón de que Marcelo tenía un antiguo compañero de geriátrico, Juanma Big Barrel, con quien compartía pañales, sopitas, dentadura postiza, borrosas batallitas de los tiempos de la guerra e interminables horas al sol en el patio de la institución. Era aún más demente que Marce, aunque esos extremos parezcan imposibles, teniendo en cuenta que éste ya había perdido dos veces las llaves del local en tan solo una semana. Me pareció penoso separarles. Y dado que el muchacho se esforzaba con la batería y hasta pretendía leer con una cierta dignidad, merecía la pena intentar su recuperación, a sabiendas de la dificultad que eso entrañaba. Al fin y al cabo, si ellos se entendían bien, ya había terreno ganado. Nuestro John Silver, contratado.
Por aquél tiempo, un compañero y amigo de residencia, el bueno de Pepe (uno de los mejores cantantes y armoniquistas que se puedan encontrar), intentó con gran tesón aunque sin resultados la terapia con nosotros. Todos, él el primero, sabíamos que su medicina era la bluestamina. Le aconsejé que pidiera unas muestras a los laboratorios Cream y el éxito fue inmediato. Hoy se sigue atiborrando todos los días y nos alegramos de que haya recuperado la vitalidad por esa vía.
Sin embargo, Pepe conocía a un penoso personaje, residente en otro asilo de la Comunidad.
Habéis acertado, su nombre era Miguel Barrel. Su sintomatología era idéntica a la mía. Le informó de mi proyecto, de las esperanzas de recuperación que los doctores nos habían dado y le proporcionó mi teléfono (tuvo que hacerlo varias veces, dado el triste estado en que se encontraba nuestro colega por aquéllas fechas).
Arrastrándose por el mundo como alma en pena que ha perdido el pelo, llegó una noche a nuestro local, esperanzado pero difuso, dado el avanzado estado de su dolencia.
Una vez que comprobé que su incapacidad como guitarrista era casi tan colosal como la mía, supe que aquello era el comienzo de una gran amistad. Yo sabía que ya éramos cuatro. ¡Bienvenido Phillips!
Pero no podemos olvidar que yo ya había puesto un anuncio. Ni que si das una patada a una piedra aparecen, como por arte de magia, media docena de guitarristas de todos los calibres y pelajes.
Y como nobleza obliga y, aunque enfermos, no hemos perdido las buenas maneras, siguieron probando por el local una lista interminable de guitarreros: rockeros impenitentes como José Luis, jazzistas de lujo como Javier y mercenarios de altos vuelos como Iñigo, que vino con aquél tío raro que cantaba tan bien el Watcher (pero que lo hacía igual que una jukebox, solo si le echabas moneda). No recuerdo su nombre.
La historia demostró que Miguel era el compañero de fatigas perfecto. ¡Adiós Phillips! ¡Hola Hackett!

Poco a poco, el ánimo iba subiendo y nuestros padecimientos remitiendo, pero no terminábamos de sanar. La búsqueda de un cantonto (¿o se dice cantante?) comenzaba a convertirse en una pesadilla.
Primero vino Fernando “Evita” Morales, un tío físicamente clavado a Peter Gabriel. Qué lástima que en la voz no se le pareciera. Aviso a otros grupos: dicen que toca el bajo como los ángeles (hasta hoy no sabíais que los ángeles tocaban el bajo, ¿eh? Yo tampoco).
Después apareció el bueno de Jason. Qué gozada de persona, el british. Al igual que el anterior, su camino estaba marcado por las cuatro cuerdas (y no precisamente por las cuerdas vocales).
En esa época yo andaba metido en otro grupo de terapia, compaginando mi tiempo entre unos y otros. Algunos de mis compañeros se apuntaron a las sesiones dobles. Allí es donde apareció un día, con una de sus múltiples Stratos, el bueno de Juan Barrel. Que no sabía tocar era más que evidente pero, aficiones de ancianos, le gustaba coleccionarlas.
El hombre daba pena. No solo era conmovedora su salud mental. Físicamente había llegado a ese punto en que los médicos no encuentran explicación para la vida. Síntesis exacta del resto de Barrels: bajito como Marce, calvete como Miguel, miope como Carlos, disperso como Juanma.
Nos pusimos sin perder un momento manos a la obra intentando forjar el suceso portentoso de su recuperación.
No nos faltaba esperanza porque, pese a su estado, lo tenía todo a su favor para pertenecer a nuestro grupo: no había cantado nunca, sentía una especial aversión por estar al frente en un escenario y todo lo que sabía de Genesis es que es una conocida compañía de seguros. A esto se unía que era el peor bajista de este lado del Bronx (yo creo que también del otro).
Admitido. Ya tenemos Gabriel.
Fácil, ¿verdad?
Pues NO. Este sí que es un largo y tortuoso camino, amigo Paul.
Y una demencia tan absoluta como la de nuestra sección rítmica de entonces no se curaba con una simple terapia. Marcelo y Juanma necesitaban algo mucho más allá: un milagro.
Por eso, el primero abandonó la nave en busca de mejores soluciones y una mañana emprendió camino a Lourdes en un viaje del INSERSO. Y aunque su estado es aún atroz, no perdemos la esperanza de que los ejércitos celestiales obren el prodigio. Al fin y al cabo, los caminos del Señor son misteriosos.
En cuanto al segundo, un día desapareció llevándose los medicamentos de todas nuestras mesillas de noche: antibióticos, remedios para aliviar el reuma, cremas para la artritis, lecitina de soja, mi bombona de oxígeno, las bifocales de Juanito, el Ventolín de Miguel, Sintrón y hasta un orinal lleno de lo que os imagináis, al que no sabemos qué uso habrá dado. Quizá un exceso de celo en su afán de ser un Barrel había resultado contraproducente en su caso.
Sea como sea, las fuerzas de orden público no dan por cerrada la investigación y aún confían en que un día aparezca al borde de una gasolinera sano y salvo y pueda regresar con las monjitas para pasar sus últimos días recibiendo un trato digno.
AND THEN THERE WERE THREE…
Pero como no hay mal que por bien no venga, el destino nos deparaba una grata sorpresa. Mejor dicho, dos.
La primera vino por parte de Miguel, que a estas alturas de la película, había recobrado ya algo del vigor deseado e incluso a veces un cierto buen criterio (aunque seguía tocando la guitarra igual de mal). Su idea era incorporar al grupo de terapia a un viejo compañero (y cuando digo viejo, créeme), del que conservaba un buen recuerdo de aquéllos años en que el cuplé hacía furor entre la juventud española.
No hace falta que mencione ya su incapacidad musical, algo que se ha convertido en una constante en nuestra corta pero intensa historia. Aunque en el caso de Arturo Barrel esa incapacidad raya con lo obsceno.

En cuanto a su aspecto, tampoco voy a perder el tiempo. Mary W. Shelley lo dejó perfectamente descrito.
A esto hay que añadir que, quizá por efecto de su dentadura postiza, quizá por un extraño mal que hasta los más afamados doctores desconocían, repetía incansablemente la sílaba TO.
Y así, ante cualquier pregunta por parte nuestra, se limitaba a asentir o a negar con un movimiento de cabeza mientras balbucía toto-toto-toto. Nosotros contestábamos tonto-tonto-tonto. De este modo pasaron nuestras primeras horas juntos. Absurdo.
Sin embargo, cómo podíamos negarnos a abrir las puertas a alguien con un nombre tan sugerente como Arturo. Según lo escuchas, lo primero que te viene a la mente es Lancelot, la Tabla Redonda, Ginebra (Beefeater y la otra)… todas esas cosas que un genesiano devoto no puede pasar por alto.
Y con un argumento de tanto peso quedó admitido. Ya teníamos el ansiado bajista.
El caso que ha despertado más interés por parte de la comunidad científica es el de Oscar Astruga. Ni los más optimistas creían en su recuperación. Y es que, antes de narrar cómo le conocimos, el lector debe saber que entre los cuatro sumábamos los mismos años que él. Por tanto, su estado de degeneración neuronal no hacía albergar la más mínima esperanza. Si a esto le sumamos unos inquietantes síntomas psicóticos expresados en unos raros delirios de grandeza (tendríais que ver el anuncio que puso, aún más pedante que el de Marcelo), un continuo estado de agitación nerviosa, claustrofobia en el local de ensayo e insomnio prolongado y sudores fríos cada vez que ve una batería Ludwig (tal vez un antiguo trauma de la infancia olvidada); las esperanzas casi se desvanecen por completo.
No obstante, su insolvencia manifiesta para tocar la batería, acrecentada por una grave tendencia al mal gusto, fruto de los años acompañando a decenas de famosos basura de nuestro suelo patrio, nos hizo apiadarnos de él y tomarnos su regeneración como un asunto de amor al prójimo. John Mayhew ya estaba aquí.
El resultado ha sido admirable, hasta el punto de que, si no toca, no seríais capaces de reconocerlo.
Sin embargo y pese a haber recuperado el tono en lo que respecta a su sintomatología geriátrica, el resto de brotes psicóticos no pudieron solucionarse. Y, si bien es cierto que lograron aplacarse por momentos, volvían a aparecer de forma violenta, sobre todo, cada vez que su hermano Héctor

hacía su entrada por la puerta del local (pretendiendo seguir la terapia desde la posición de manager).
En definitiva, otro duro golpe del que no nos hubiéramos recuperado si no fuera porque a estas alturas nuestra fama había traspasado fronteras y ya se empezaba a hablar del éxito de nuestra empresa hasta en los más remotos confines del planeta.
Y fue así como desde la bella Italia recibimos el aldabonazo para convertirnos en internacionales.
El nombre del sujeto que llamó a nuestra puerta era Ugo de Maximus y hay que aclarar, para evitar malos entendidos, que no es familia de Ratzinger.
Parafraseando a Adolfo Suárez, puedo prometer y prometo que éste SÍ es el peor baterista que he conocido en mi vida. Es malo de solemnidad, de verdad.
Del resto de su ser, para qué hablar. Ni embutido en el mejor traje de Armani podía disimular la caótica situación en que se encontraba.
Pero un pequeño detalle iba a jugar a su favor, tocando la fibra de nuestro más profundo romanticismo. Había nacido en el mismo pueblo que los integrantes de Premiata Forneria Marconi. ¿Quién es el valiente que no le da una oportunidad?
Y así es como pasó a ser Ugo Barrel y a convertirse, por fin, en nuestro ansiado Collins.
Fueron momentos de felicidad. El futuro (si es que a nuestra avanzada edad se permite hablar de él) se presentaba esperanzador. Por fin se intuía algo de luz al final del camino.
Nuestros desvelos no habían sido en vano, pero... ¡tachán!...
Una noche fatal sucedió lo que nadie se atrevía a nombrar: Arturo volvió a balbucir las palabras amenazantes (To-to, To-to). No quisimos darle importancia, suponiendo que, si había superado la crisis una vez, volvería a lograrlo.
El desconsuelo llegó cuando esas sílabas comenzaron a tornarse en CHIM-PUN, CHIN-CHIN- PLAS.
El desaliento se apoderó de nosotros. Comprendimos al instante que no había solución. Y deseándole lo mejor de todo corazón, volvimos a quedarnos compuestos y sin bajo.
Sumidos en el desencanto y cada vez más escépticos, intentamos superar el golpe grabando una maqueta con el célebre "Dónde estará el Rutherford, matarile-rile-rile".
Pero Rutherford no aparecía. Se conoce que estaba en el fondo del mar, matarile-rile-rón, chim-pón, buscando las llaves.
No sufras más, paciente lector, que no puedo verte así.
Rutherford apareció de la noche a la mañana, porque esta historia tenía que tener final feliz.
Un auténtico material de deshecho que respondía al nombre de Fran, acudió desganado y quejumbroso a una llamada desesperada de Juanito Barrel. Su estado en ese momento respondía al final de su nombre de pila (estaba hecho CISCO). Un scaner de su cerebro delataba que éste era lo más parecido a un canto rodado (nunca mejor dicho).
Desorientado, desubicado, descorazonado,descafeinado, desnatado, desnutrido, no se si descojonado; en definitiva, des... indeciso. Añade a esto que no bebía cerveza y, sin duda, le considerarás un bulto sospechoso.
Ya sé que te preguntas el por qué admitir a semejante engendro, cuya aptitud con el bajo es similar a la mía para el servicio militar ("inútil total").
Dos razones fueron suficientes:
La primera, la insistencia de su mujer para que le salváramos de una muerte casi segura. Sus ruegos despertaron nuestra piedad. Comprende que nos recordaba a nosotros mismos un año antes.
La segunda (y mucho más importante) es que puso por nombre a uno de sus hijos RAEL.
¿Lo entiendes ahora? Un argumento de peso, ¿verdad?
¡Admitido!
Bien amigos, pongamos nombre a la criatura y echémosla a rodar: HAROLD & THE BARRELS.
¿Qué por qué ese nombre y no Supper’s and the Ready’s, Selling & the Englands o Lamb y los Broadways?
En España hacer música de calidad es siempre un suicidio. Y ningún nombre mejor que Harold para representar a un proyecto suicida como, sin duda, es este.
En cuanto a los Barrels, pasad una tarde con mis compañeros, contad los cascos de cerveza vacíos que quedan encima de la mesa tras cada ensayo y entenderéis, sin dudar un momento, que ningún apodo puede definirles mejor. Aún no sé a qué esperan los de Mahou para patrocinarnos, pero si no se deciden pronto acabaremos engañándoles con otra. Al menos Miguel y yo, que aún no tenemos que usar Viagra.
A partir de aquí la historia es conocida por todos.
Hemos tocado en algunos de los escenarios más emblemáticos de nuestro país: bares de churros, pubs con técnicos de sonido borrachos que creen que los teclados son decoración moderna, etc.
Nuestros espectáculos destacan por su impacto visual y creemos que es la primera vez en la historia que se emplea una sábana vieja sobre un escenario, resaltando el enfático sonido de nuestro equipo procedente de unos coches de choque.
Nuestras grabaciones son innovadoras. Cinco productores simultáneamente sobre una grabadora doméstica, descubriendo nuevas posibilidades a unos micrófonos de segunda mano que obtuvimos en una feria.
Nuestro impresionante estudio para ensayar está, como el de los grandes de todos los tiempos, en un lugar inaccesible a cualquier persona con un sentido de la orientación normal.
Y, por supuesto, nuestros innumerables seguidores: hijos, nietos y biznietos; hermanos, primos y vecinos; curiosos, paleontólogos y antropólogos. Y un tal José Pedro que también vino a vernos el otro día.
Pero lo mejor es que, además de resucitar para muchos la maravillosa música de Genesis, disfrutamos, nos reímos, compartimos, hablamos, soñamos, nos respetamos y admiramos mutuamente y vamos dejando por donde pasamos un ejército de buenos amigos.
Esa sí que es la fuente de la eterna juventud, ¿no os parece?
